La procedencia fenicia de su
nombre (carteia = la ciudad )
indica la antigüedad de su
origen, e igual que algunos
indicios arqueológicos de su
entorno, avalan el hecho de
que el lugar fue habilitado
desde tiempos remotos. No
obstante, la inseguridad de la
zona, constantemente asolada
por incursiones de piratas
berberiscos y normandos, hace
que no se consolide una
población estable hasta los
inicios del siglo XV, cuando
el marqués y señor de
Gibraleón establece un paso en
barca por el río Piedras que
le enfrenta a los intereses
del señorío de Ayamonte. Los
pleitos establecidos se
resuelven a favor del señorío
de Gibraleón, con lo cual se
hace necesario fundar una
ciudad en el lugar que
defienda este paso.
Nace entonces la ciudad que
recoge el topónimo que desde
tiempo inmemorial guardaba:
Cartaya. Siete años después
se inician la obra del
castillo de los Zúñiga,
situado hoy al Oeste del
casco urbano. También en
éstos difíciles años se
levanta una iglesia mudéjar
de una sola nave, sobre la
que un siglo después se
construiría la actual
iglesia de San Pedro, y de
la que tan sólo queda una
puerta que refleja fielmente
este estilo arquitectónico.
Precisamente esa inseguridad
es la que mueve a los
trinitarios de la Merced
Descalza, orden dedicada ala
redención de cautivos, a
establecerse en Cartaya. El
convento mercedario está hoy
integrado en el pueblo, y su
torre barroca se recorta
sobre el cielo al igual que
la torre de la iglesia
renacentista y la
equilibrada mole del
castillo mudéjar.
En las afueras de Cartaya se
encuentran los pilares
mudéjares de la Dehesa y de
Mogaya, construidos a
principios del siglo XV para
la captación de aguas y el
abastecimiento de la
población. Es un antecedente
de los regadíos que han
transformado toda la comarca
en los últimos años, dedicados
a los cultivos de primor,
sobre todo a frutales como la
naranja o la fresa cuya
producción ocupa casi el total
de la consumida en Europa de
éste delicioso fruto.